Una política que ha acompañado la historia más reciente de Colombia
El discurso político del cual se ha vanagloriado el gobierno y los simpatizantes del presidente Álvaro Uribe Vélez en la lucha contra las FARC, y que hoy lo tienen con aspiraciones a un tercer mandato, muestran otra cara al revisar los últimos índices de inseguridad que vienen presentándose en las ciudades capital de Colombia, estas urbes que para muchos son los focos de desarrollo y de oportunidades para aquellos que dejaron el campo por la violencia, sumado a la ausencia de políticas económicas y sociales reflejan los alcances de la Seguridad Democrática que tan solo se ha ocupado por el fortalecimiento de la fuerza publica; Bogotá, Cali, Medellín y demás metrópolis vuelven a ser sitiadas por una delincuencia ahora experta y reorganizada en el microcotráfico de drogas ilegales, el fleteo, el hurto al comercio y residencias, los homicidios, las venganzas, los ajustes de cuentas, la extorsión, el hurto callejero y otras modalidades similares combinadas.
Estos trastornos que vienen en ascenso preocupante durante el último tiempo, no son nuevos, basta con recordar la otrora época de Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y los hermanos Rodríguez Orejuela, capos del narcotráfico que lograron imponer el terrorismo, corromper la clase política y el sometimiento de la fuerza pública, violencia que durante buen tiempo dejó a su paso viudas y niños huérfanos, familias incompletas con sueños por cumplir, frágiles políticas públicas de turno que aun siguen vigentes en la que incluyen a pocos sectores de la población, generando de esta manera la actual situación en la que se sumerge el país, un conflicto interno que ya no solo se ocupa de la guerra, ahora se enquista en ámbitos que se convierten en una bomba de tiempo para una sociedad que no logra encontrar el camino de la paz y la reconciliación, se abre paso la inseguridad social democrática reflejada en la falta de trabajo, en la mala calidad de los servicios de la salud y el deterioro económico y moral de la educación.
Las cifras de desempleo, de por si amañadas por el Ejecutivo mensualmente muestran de forma alarmante una cifra que destroza cualquier iniciativa de progreso, en Colombia hay 20 millones 200 mil pobres, y casi 8 millones de personas que viven en la indigencia, cantidad que equivale prácticamente al 50 por ciento de la población colombiana y a los habitantes de Bogotá respectivamente, una cruda realidad que toca las fibras del más positivo de los hombres y que obliga a preguntarnos y reflexionar que tan acertada ha sido la política de Seguridad Democrática y demás estrategias del gobierno actual, pues vemos que las necesidades básicas de los que habitamos éste país como son la salud, la educación, la vivienda y sobretodo el trabajo están lejos de prontas y acertadas soluciones traduciéndose en inseguridad en todos los campos, sin embargo es preciso reconocer que el restablecimiento de la democracia a través del aumento de la presencia militar y policial en las zonas apartadas y que por muchos años estuvieron en poder de los grupos armados ilegales permiten visualizar un mejor mañana para sus habitantes pero a su vez ha conllevado efectos paralelos en las capitales del país, fenómenos que se empiezan a salir de las manos por parte de las autoridades competentes.
Es debido que el actual mandatario colombiano con pretensiones de quedarse por otro buen tiempo en la Casa de Nariño revise ese discurso absolutista y populista que impera desde hace siete años, es el momento de invertir en políticas públicas verdaderamente sociales y humanitarias, de sacar a relucir ese corazón grande que dice tener y que lo llevó a ser Presidente de la Republica, esa mitad de Colombia que es rotulada de pobre, es un pueblo que tiene ansias no sólo de justicia y de equidad, sino además, de satisfacer sus necesidades básicas como el de alimentarse, tener servicios de salud, de educarse en un ambiente sano y competitivo, porque un hombre que no puede darle un plato de comida a sus hijos es capaz de traicionar sus buenos principios tomando el camino equivocado de las armas para conseguir aquello que ha brillado por su ausencia por más de 50 años, la justicia social.
